Pero nuestro jovencito sabía que había algo más allá. ¿Cómo lo sabía?, me preguntaréis. Lo supo gracias a los pájaros. No penséis que ellos se lo dijeron, ¡qué idea! Los animales no pueden hablar o ¿tal vez sí? La verdad es que Tolín, que era muy observador, se había dado cuenta de que los pájaros iban y venían. Por lo tanto tendrían que llegar a un lugar en el que hubiera árboles en los que vivir y comida con la que alimentar a los polluelos.
Pájaros y perros eran de los pocos animales que había en Turias. También había vacas blancas y negras, alguien dijo una vez que hacía muchos años las había de color verdoso pero de eso no quedaban fotos ni dibujos, algún habitante tenía cerdos y otros cuidaban ovejas. Eso sí, tenían muchos tipos de peces, incluso unos que cambiaban de color cuando los mirabas. Pero eso era todo. Gatos, serpientes o mariposas nunca habían existido en el pueblo.
Era un lugar bastante bonito, tenía altas montañas a un lado y un furioso mar al otro. Miraras donde miraras, el paisaje siempre era verde porque llovía bastante aunque siempre acababa saliendo el sol. Había un río muy pequeño que atravesaba el pueblo. En él había un viejo puente de piedra desde el que los niños se tiraban cuando llegaban los meses de verano y si seguías caminando por la orilla llegabas a un molino en el que trabajaba la molinera. Fue ella la que enseñó a los niños aquello de:
Pi, Pi,
Zarabollín
Lleva los gochos
al molín.
El molín
moler, moler.
El ratón
roer, roer.
¿Cuánto me das
por este ratón?
Cinco duros
y un doblón...
A Tolín le encantaba esa canción, la utilizaba para echar todo a suertes con sus hermanos. Aunque siempre perdía, no sabía muy bien por qué. Posiblemente el ser el pequeño tenía algo que ver.
En Turias no solía pasar nada extraño. Los niños iban al colegio y jugaban por todo el pueblo, los padres trabajaban en el campo o en los comercios y los abuelos se sentaban en la puerta de sus casas mientras esperaban a que algo importante sucediera.
Continuará.