9 jun 2012

De viaje

La chica que está sentada frente a mí tiene la mirada perdida. Desde que entró en el vagón lleva los dedos índice y corazón cruzados, está deseando algo desde lo más profundo de su corazón. Tal vez vaya a ver la temida lista con las notas de su última asignatura de la carrera, no se puede permitir estudiar un año más. O tal vez esté esperando la llamada que le diga que tiene un puesto de trabajo en el extranjero, está agarrando su teléfono como si éste fuera a tirarse a las vías del tren. A su lado hay un chico de aspecto extranjero, lleva el pelo alborotado y gafas redondas que le dan un toque intelectual. La blazer a cuadros que viste desentona con el tiempo, parece un bohemio. Saca de una bolsa un cuaderno y un bolígrafo y se pone a escribir. ¿Será el ganador de un futuro premio literario? O puede que simplemente esté haciendo un recuento de todo lo que desearía hacer en su vida. Él no lo sabe, pero la chica que está a su lado será fundamental para que pueda cumplir el punto número ocho de la lista.
El megáfono anuncia la próxima parada y la chica de los dedos cruzados se levanta y se prepara para salir. Su lugar será ocupado por un payaso. Sí, un payaso con peluca rubia, grandes zapatos rojos y con lágrimas negras pintadas en la cara, seguramente por los tiempos que nos toca vivir. Todos lo miran. El bohemio ni se inmuta. No sé a quién me recuerda... Puede que a algún que otro personaje que aparece continuamente en la televisión.
A continuación, y sin previo aviso, aparecen cuatro chicas de unos dieciocho años más maquilladas que el anterior y con unos andares bastante turbios. No lo había dicho pero estamos a viernes y son las ocho y media de la mañana. Hablan a voces y todos nos enteramos, por desgracia, de su última noche. Créanme, no estuvieron tranquilamente sentadas en un bar mientras intentaban arreglar una pequeña parte del mundo. Tengo la esperanza de que al menos la mitad de los de su edad no se preocupe solamente por destrozarse el hígado. Inconscientemente ahora soy yo la que cruza los dedos.
En la siguiente estación casi todos los pasajeros se bajan y suben otros nuevos. El señor que está sentado junto a mí está leyendo un periódico. Aunque no me gusta cotillear lo que leen los demás, no puedo evitar que se me vayan los ojos: crisis, matanzas, atentados... Solamente se me viene un pensamiento a la cabeza: estamos jodidos. Afortunadamente todavía queda un poco de bondad aunque no la veamos a simple vista. Personas que arriesgan sus vidas, que lo dejan todo por los demás. Espero que nunca dejen de estar ahí. Cruzo los dedos de la otra mano.
He llegado a mi destino, así que sigamos con el paseo.

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