El megáfono anuncia la próxima parada y la chica de los dedos cruzados se levanta y se prepara para salir. Su lugar será ocupado por un payaso. Sí, un payaso con peluca rubia, grandes zapatos rojos y con lágrimas negras pintadas en la cara, seguramente por los tiempos que nos toca vivir. Todos lo miran. El bohemio ni se inmuta. No sé a quién me recuerda... Puede que a algún que otro personaje que aparece continuamente en la televisión.
A continuación, y sin previo aviso, aparecen cuatro chicas de unos dieciocho años más maquilladas que el anterior y con unos andares bastante turbios. No lo había dicho pero estamos a viernes y son las ocho y media de la mañana. Hablan a voces y todos nos enteramos, por desgracia, de su última noche. Créanme, no estuvieron tranquilamente sentadas en un bar mientras intentaban arreglar una pequeña parte del mundo. Tengo la esperanza de que al menos la mitad de los de su edad no se preocupe solamente por destrozarse el hígado. Inconscientemente ahora soy yo la que cruza los dedos.
En la siguiente estación casi todos los pasajeros se bajan y suben otros nuevos. El señor que está sentado junto a mí está leyendo un periódico. Aunque no me gusta cotillear lo que leen los demás, no puedo evitar que se me vayan los ojos: crisis, matanzas, atentados... Solamente se me viene un pensamiento a la cabeza: estamos jodidos. Afortunadamente todavía queda un poco de bondad aunque no la veamos a simple vista. Personas que arriesgan sus vidas, que lo dejan todo por los demás. Espero que nunca dejen de estar ahí. Cruzo los dedos de la otra mano.
He llegado a mi destino, así que sigamos con el paseo.

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