Hace unos días le contaron un par de cosas muy tristes por las que está pasando gente conocida. Cosas inesperadas, sí; buenas, no. ¿Tiene derecho a quejarse? Repito la pregunta, ¿tenemos derecho a quejarnos? Por muy rutinaria que nos parezca la vida, por muy grandes que a uno le parezcan sus propios problemas, siempre hay alguien, posiblemente en la puerta de al lado, que sí que lo está pasando mal, muy mal. E incluso esa persona, esa que sí tiene derecho a quejarse, puede que piense que no tiene el privilegio de hacerlo porque el vecino de enfrente esta sufriendo lo indecible.
Mientras tenía esas ideas en mente, una luz se encendió y volvió a llegar a una sencilla pero efectiva, a su modo de ver, conclusión: muchos de los problemas del género humano están provocados por el egoísmo y la envidia. Ella tampoco se salvaba. Si dejáramos de utilizar tanto la primera persona del singular, tal vez saldríamos de este pantano en el que nosotros solitos nos hemos metido.
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