19 nov 2013

Soy pesada, lo sé.

Asturias por aquí, Asturias por allá. Un vídeo en Facebook de una gaita sonando una noche de verano, una foto en Twitter de una menda "disfrazada" (como dicen por estos lares) de aldeana, otra en Instagram de algún prao, una pestaña en este blog dedicada única y exclusivamente a todo lo anterior. Pensarán muchos que estoy obsesionada, otros que no tengo más temas de conversación. A veces hasta a mí, me huele a rancio.
¿Por qué los asturianos tienen, y tenemos, esa facilidad para soltar a la primera de cambio nuestro origen? ¿Por qué en todas las manifestaciones y eventos deportivos hay una bandera de Asturias? Aunque, posiblemente, haya más de otros sitios y yo solo me fijo en la azulada.
No pretendo ser pesada cuando inundo las redes sociales de referencias a la patria chica. Mi problema es que vivo lejos de ella. A pesar de llevar toda la vida en Madrid, me considero asturiana de pro. He nacido en Gijón y mi familia y amigos están allí. No hay más que decir.
Todo esto se debe a que hoy se han referido al pueblín como (Pau, lo copio con tu permiso): "ese pequeño pueblo, más grande que ninguno". Y me ha hecho pensar. ¡Cuánta razón! Pueblo pequeño, pequeño. Por haber no hay donde comprar el pan, no hay médico ni farmacia. Eso sí, para hartarse a comer y beber vamos sobrados. Así nos va, que nos pasamos las tardes de culín en culín. ¿Para qué necesitamos más?
Salgas de casa a la hora que salgas, te vas a encontrar con alguien conocido y cuando llega alguien nuevo, todo el mundo se entera. Es como una gran familia, te han visto crecer y saben todo de tu vida. Aunque eso también tiene sus inconvenientes, hay que tener cuidado con lo que se hace porque las ventanas ven y oyen. "¿Te has enterado de con quién iba el otro día la nieta de Faustino?" Pero al fin y al cabo, si lo piensas... ¿qué más da? Si no hubiera rumores, vaya tostón. Pero me estoy yendo por las ramas. Yo quería intentar justificar esa "llanisquitis" aguda que sufro.
Subir al norte significa familia y la familia es lo más importante. Mis mejores recuerdos tienen Asturias como escenario y aunque Madrid también se reserva unos cuantos, gana la primera por goleada. Las tardes de verano en el prao de casa leyendo un libro al sol, los paseos a Gulpiyuri con el bocadillo de jamón (cuando todavía se podía ir), las visitas con mi abuelo para ver los loros de Conchi, las palomitas con azúcar que nos hacía Pilu, las excursiones a por moras en septiembre, la recogida de avellanas, el olor de las chimeneas en invierno, las tardes detrás de la iglesia, aprender a montar en bici (pegársela con la misma bici), las caminatas a la fuente a por agua, las mañanas barriendo la plaza antes de la fiesta, los ensayos, los cortes de nata, ¡las pipas!, las casetas en el monte, los regalices de Terente, despertar con el gallo, la fuente de La Calle, los pinchos de tortilla de la playa (con poder para quitar cualquier resaca), las historias de Abu sentada en la mecedora, abrir los baúles de la casa de Nueva y encontrar auténticos tesoros... Pero lo más importante de todo es que es una burbuja. No hay estrés, no hay telediarios, no hay gente corriendo por las calles para llegar a su destino. Cuando llego y salgo del coche siento auténtica paz. Los problemas se quedaron en Burgos y los recojo a la vuelta.
Al principio de las vacaciones siempre me propongo coger el coche y conocer más sitios de Asturias y nunca lo consigo. En cierto momento alguien me pidió que le recomendara sitios de la zona occidental de Asturias y no supe qué decirle, no tengo ni idea. Una vez que estoy en el pueblín, ¿quién es el guapo que me saca de allí?

Otro día más y sobre otros temas. Lo prometo.














1 comentario:

Miguel Bueno Jiménez dijo...

A mi me pasa lo mismo con Pacanda.
Un sueño leerte.
Expresiones
Piedra

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