Empiezo esta entrada sin saber muy bien sobre qué escribir. Solamente sé que he visto la página de Blogger en favoritos y he pensado: tengo que escribir, necesito escribir. ¿Por qué? Ni idea. Hay un millón de ideas revoloteando en mi cabeza, muchas de ellas irreales pero ideas al fin y al cabo. Un millón de palabras que me gustaría soltar al aire. Mis dedos quieren teclear sin parar. Y a pesar de eso, no sé qué poner. Si leyeran esto mis alumnos de taller de escritura, se iban a empezar a tomar la clase con más ligereza de lo que ya se la toman. ¿Por qué ligereza? Cerrad los ojos, volved a ser los que erais con quince años. Volved a vuestro colegio, a esas aulas llenas de adolescencia. Ahora, imaginaos que una vez a la semana tenéis una clase de escritura. Carne de cañón.
A mí, que me encanta escribir por escribir. Sin sentido, como hago ahora. A mí, que tengo un cuaderno rojo de emergencias que me echó un gran cable hace unos años. Gracias a él mi cerebro está un poco más ligero. Gracias. Gracias a las letras, a los sonidos y a las palabras. Encierran lo más bonito y lo más detestable. Origen de guerras, desengaños, grandes historias, canciones, recuerdos, enemistades y amistades. Tenemos el poder en nuestros labios.
A batallas de amor, campos de plumas.
Góngora
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