El cielo estaba limpio de nubes y una agradable temperatura inundaba el ambiente. Hacía días que había llegado la primavera y las primeras flores nacían en los rincones antes oscuros. Allí estaba ella, sentada sola junto a una roca y con el sol bañándole los pies desnudos. De frente, el mar y a sus espaldas, montañas plagadas de verde. La brisa le hacía llegar el olor a sal y no se sentía ningún ruido, solamente las olas rompiendo en el acantilado. A su lado había un libro abierto, uno sobre ilusiones y desilusiones.
Esa noche había soñado que tras una dura carrera, alcanzaba la meta y justo cuando iba a cruzarla, se despertó sabiendo que se le había escapado de las manos. Se dio cuenta de lo difícil que es, a veces, no salirse de ese camino lleno de charcos que es la vida. ¿Cómo saber qué dirección tomar? Eso no lo explican en ningún libro. ¿Cómo saber cuándo abandonar el intento por alcanzar ese deseo que nos hace caminar? Alguien le dijo una vez que estuviera atenta a las señales, puede que tuviera razón.
Ahora, mientras contempla el mar, echa la vista atrás y se da cuenta de la gente que se ha ido quedando en el camino, de los que todavía siguen con ella y de los que se fueron y decidieron regresar. Una sonrisa se dibuja en su cara, es agradable saber que siguen y seguirán ahí.
Entonces pensó que tal vez lo mejor sea dejar que el tiempo decida. Dicen que es un sabio consejero y pone a cada uno en su lugar. Contenta con su reflexión se puso los zapatos, cogió el libro y empezó el camino de vuelta a su casa. Y lo hizo despacio, contemplando el paisaje. Al igual que en la vida, no vale la pena correr.
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