26 abr 2012

El reencuentro

Llevaba meses esperando el reencuentro, justo desde el momento en el que el frío se había instalado en sus huesos. A pesar de las ganas inmensas que tenía de volver a estar frente a frente y de compartir horas inolvidables, el minutero del reloj había seguido su ritmo de siempre y ella era plenamente consciente de que hasta el verano no llegaría la oportunidad de volverse a ver. Así que todas las noches, justo después de poner el despertador que anunciaba que tenía sólo seis horas por delante para descansar y antes de dejarse llevar por Morfeo, hacía volar la imaginación y pensaba cómo sería ese momento, el momento.
Los días pasaron, las semanas pasaron y llegó mayo. Cada vez quedaba menos y la espera empezaba a hacerse difícil. Pero ella sabía que era el último esfuerzo, que el premio tras la meta era inmenso y nada podría superarlo. Con esa idea en la mente, consiguió reunir la fuerzas suficientes para seguir adelante y llegar a julio.
El día había llegado. Cogió su maleta y guardó en su cartera el billete que le permitía volver a disfrutar de esa sensación. Unas horas más tarde, tras un pesado viaje, bajó del coche que la llevó hasta la casa. Dejó el equipaje en su habitación y salió a la calle para acudir a su cita. Tuvo suerte porque el sol reinaba en el cielo, así que nada estropearía el momento.
Diez minutos más tarde allí estaba, frente a ella. Tal y como lo recordaba, la espera había merecido la pena. Cerró los ojos e inspiró profundo, el olor del mar inundó sus pulmones. Por fin estaba pisando la arena que la vio crecer, reír, soñar y jugar. Si esa playa hablara, ¡todo lo que diría! Ahora tenía todo el verano por delante para leer sentada en sus piedras y pasear por su orilla. Sonrió, entonces se dio cuenta de que nunca podría dejar de volver.

Playa de San Antolín de Bedón

1 comentario:

Miguel Bueno Jiménez dijo...

Un día paseando por San Antolín, alguien me preguntó:
- Qué haces
- Aquí pecando

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